LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
VEINTICUATRO HORAS  DE LA PASION


Meditaciones Sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Para Acompañar a Nuestro Señor Jesucristo, En Cada hora de su Pasión. 

Por Luisa Picarretta, hija de la Divina Voluntad. (En proceso de beatificación)

Para Hacer la horas consultar:
http://www.theworkofgod.org/Spanish/Devotns/Stations/meditaciones_pasion_Jesus_Cristo.htm

  DEVOCIÓN A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE JESUCRISTO  



En Julio de 1995, exactamente a las 3 de la tarde, hora de la Divina Misericordia, Nuestro Señor llamó por primera vez a Bernabé Nwoye, un joven de 17 años, de Olo, Estado de Enugu, Nigeria. Nuestro Señor pidió a Bernabé que adorara Su Preciosa Sangre, y lo consolara de todos los ultrajes cometidos contra Ella.

CONSAGRACIÓN A LA SANGRE PRECIOSA DE JESUCRISTO
(rezar diariamente meditando)

Consciente de mi nada y de Tu Sublimidad, Misericordioso Salvador, me postro a Tus pies, y Te agradezco por la Gracia que has mostrado hacia mí, ingrata creatura.
Te agradezco especialmente por liberarme, mediante Tu Sangre Preciosa, del poder destructor de satanás.
En presencia de mi querida Madre María, mi Ángel Custodio, mi Santo patrono, y de toda la corte celestial, me consagro voluntariamente, con corazón sincero, oh queridísimo Jesús, a Tu Preciosa Sangre, por la cual has redimido al mundo del pecado, de la muerte y del infierno.
Te prometo, con la ayuda de Tu gracia y con mi mayor empeño, promover y propagar la devoción a Tu Sangre Preciosa, precio de nuestra redención, a fin de que Tu Sangre adorable sea honrada y glorificada por todos.
De esta manera, deseo reparar por mi deslealtad hacia Tu Preciosa Sangre de Amor, y compensarte por las muchas profanaciones que los hombres cometen en contra del Precioso Precio de su salvación.
¡Oh, si mis propios pecados, mi frialdad, y todos los actos irrespetuosos que he cometido contra Ti, oh Santa y Preciosa Sangre, pudieran ser borrados!
He aquí, querido Jesús, que te ofrezco el amor, el honor y la adoración que tu Santísima Madre, tus fieles discípulos y todos los Santos han ofrecido a Tu Preciosa Sangre. Te pido que olvides mi falta de fe y frialdad del pasado, y que perdones a todos los que te ofenden.
¡Oh Divino Salvador! rocíame a mí y a todos los hombres con Tu Preciosa Sangre, a fin de que te amemos, ¡oh Amor Crucificado, de ahora en adelante con todo nuestro corazón, y que dignamente honremos el Precio de nuestra salvación! Amén

Bajo Tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien, líbranos de todos los peligros, ¡oh Virgen siempre gloriosa y bendita!


     
Mensajes de Dios y la Virgen María
http://kyrieokumbaya.blogspot.com.es/
* Blog, en proceso de remodelación, disculpen las molestias

jueves, 26 de mayo de 2016

Solemnidad del Corpus Christi
26 Mayo de 2016



¡¡¡Bendito, Alabado, Amado y Glorificado sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar !!!

  





viernes, 20 de mayo de 2016

En todo el mundo muchas voces de alegría y alabanza han respondido al último documento del Papa Francisco: AMORIS LAETITIA. Y sin duda este texto contiene muchísimas bellísimas partes y profundas verdades que glorifican a Dios y alegran al lector. El texto irradia el amor misericordioso de Dios y del Papa por todos y contiene grandes tesoros de sabiduría.
No obstante toda la alegría debida a la Alegría del amor y toda la alabanza suscitada por parte de Obispos y Cardenales, yo estoy convencido de que Jesús y su Santísima Madre lloran por algunos  pasajes de la Exhortación apostólica y, concretamente, sobre aquellos que tendrán el máximo efecto. Estos pasajes,  que están a veces escondidos en pocas líneas y notas al pie en el Octavo capítulo, socavan algunas de las más hermosas palabras misericordiosas y severas admoniciones pronunciadas por Jesús y las doctrinas de la disciplina sacramental de la Iglesia. Por ende arriesgan a producir, en mi opinión, un alud de consecuencias muy dañinas para la Iglesia y las almas.
Sí, es verdad que Jesús no condena a la mujer adúltera que, según la ley de Moisés, merecía la muerte, pero Jesús le dice: “Anda, y en adelante no peques más”.
Su sucesor Francisco, citando el sínodo, le dice a la mujer adúltera que, aunque continuara pecando gravemente,  ella ni debería sentirse excomulgada ni es necesario para ser un “miembro vivo de la iglesia” que ella se convierta de su pecado de adulterio:
“Ellos [las parejas “irregulares”] no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio.”(AL, 299).
No es falso lo que el Papa dice aquí y puede ser un consuelo para estas parejas saber que la misericordia de Dios está siempre presente, pero falta completamente el “Anda, y en adelante no peques más”, la apelación a la conversión del pecado y la explicitación de que sin conversión ella ya no es “un miembro vivo de la Iglesia” y no “va en el camino de la vida y del Evangelio”, aun que siempre pueda tomar esta vía abierta a todos con la confesión y arrepentimiento.
Con toda su misericordia, Jesús nos advierte 15 veces explícitamente que existe el peligro de la eterna condenación para nosotros si persistimos en un pecado grave; pero su sucesor nos dice que:
 “Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren.” (AL 297)
Aunque en el contexto no está claro de qué condena “para siempre” habla el Papa, se impone casi, ya que Cristo no ha permitido o enunciado ninguna condena temporal, que el texto significa que no hay infierno ni peligro de terminar  en él.
Jesús le dice a la mujer adúltera y a nosotros lo contrario por medio de su Santo Apóstol Pablo, es decir, que ningún adúltero (no convertido) va a entrar en el reino de Dios y entonces todos serán “condenados para siempre”:
“COR 6:9 ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, 6:10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.”
Pero el Papa Francisco les dice a los adúlteros que posiblemente viven en la gracia de Dios y pueden, por medio de la santa Eucaristía, crecer en ella incluso sin vuelta atrás/conversión  (aunque este cambio hacia el “ideal” del matrimonio católico sea muy deseable) de su vida adúltera. (AL 297).[1]
Si uno considera que al Padre jesuita Antonio Spadaro es un cercano colaborador del Papa, no se puede dudar de lo que él dice:
“Francisco ha quitado todos los “límites” del pasado, también en lo que atañe a la “disciplina sacramental”, para las llamadas “parejas irregulares”: y que estas parejas “se convierten en “las destinatarias de la eucaristía”[2]
Jesús, por su Apóstol, le dice a la mujer o al hombre adúltero, que se debe examinar antes de recibir el cuerpo y sangre de Cristo, si no quiere cometer un sacrilegio y comerse y beberse el juicio de su propia condena:
27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.
28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.
29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.
El Papa Francisco le dice sin embargo, que en ciertas circunstancias, a decidir caso por caso, el que vive en adulterio u otra unión “irregular,” puede acceder a la Santa comunión sin cambio de su vida y todo continuando su vida de adulterio.[3]
Dios manda a la mujer adúltera y a cada uno de nosotros, con carácter absoluto, sin condiciones: ¡no cometas adulterio!
Pero el Papa Francisco enseña que estos mandamientos son expresiones de un “ideal” (Zielgebote) que pocos pueden obedecer, como si los mandamientos divinos fueran puros consejos evangélicos para algunos que buscan una perfección superior y no mandamientos estrictos para todos.
Dios dice sin condiciones: ¡no cometas adulterio!
El Papa dice que si la mujer adúltera no pudiera separarse del adúltero (cuando, por ejemplo, la separación de la pareja civilmente casada hiciera daño a los hijos), pero vive con él como su hermana  (lo que la Iglesia católica siempre exigía en tales situaciones), este estilo de vida puede causar su propia “infidelidad” o la de su pareja. En tal caso, dice el Papa, cuando hay amenaza de infidelidad entre dos adúlteros, es mejor que la mujer adúltera no viva con él como hermana, sino que tenga relaciones íntimas con él. En tal caso, dice, sería entonces mejor que continúe cometiendo adulterio que vivir juntos como hermano y hermana. Para prueba de esta tesis el Papa cita textos que se refieren todos a matrimonios, no a “uniones irregulares”.
Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que « cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación ».329
NOTA 329: …En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir « como hermanos » que la Iglesia les ofrece, destacan que –si faltan algunas expresiones de intimidad « puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole » (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51).[4]
¿Cómo pueden Jesús y su Santísima Madre leer y comparar las palabras del Papa con los de Jesús y su Iglesia sin llorar? ¿Cómo puede el Papa Francisco mismo compararlas sin llorar? ¡Lloremos entonces con Jesús, en profundo respeto y cariño por el Papa, y en el dolor profundo de tener la obligación de criticar sus errores! Y ¡recemos para que el Papa mismo o un Santo Concilio revoquen estas falsas doctrinas opuestas a las santas palabras de Cristo que nunca perecerán, y a las santas doctrinas de la Iglesia!
¡No es posible, como algunos excelentes Cardenales proponen, leer estas pocas pero las más potentes palabras de La Alegría del Amor en un sentido que esté en armonía con las palabras de Cristo o con las doctrinas de la Iglesia!
Uno podría preguntarme, cómo yo, un mísero laico, puedo criticar a un Papa. Contesto: el Papa no es infalible si no habla ex Cathedra. Varios Papas (como Formosus, Honorio I) fueran condenados por herejías. Y es nuestro santo deber – por amor y por misericordia con tantas almas – criticar a nuestros obispos e incluso a nuestro querido Papa, si ellos se desvían de la verdad y si sus errores dañan a la Iglesia y a las almas. Esta obligación fue reconocida en la Iglesia desde su primer inicio.
San Pablo resistió al primer Papa, San Pedro, con duras y enérgicas palabras, cuando él se desvió en su decisión práctica de la Verdad y voluntad de Dios. San Atanasio resistió al Papa Liborio, que firmó una declaración que contenía la herejía arriana o semiarriana, que negaba la verdadera divinidad de Jesucristo. Este Papa, viendo la crítica de San Atanasio, excomulgó a San Atanasio injustamente, un error en contra de lo cual laicos levantaron sus voces y que fue corregido después. Y hoy la Iglesia, que le debe a este Santo en parte la preservación de su fe, celebra su fiesta en todo el mundo.
Otros laicos resistieron al Papa Honorio, quién fue después condenado de herejía por haber declarado a favor de la herejía monotelista (que negó las dos naturalezas y las dos correspondientes voluntades humana y divina de la misma persona Jesucristo). Otros laicos protestaron contra la herejía del Papa Juan XXII, quien sostenía que no hay almas separadas del cuerpo en el otro mundo, una herejía que fue condenada como tal en la bula Beneditus Deus por su sucesor.
Entonces, sin miedo, sigamos tales sublimes ejemplos del amor a la verdad y a la Iglesia, y nunca consintamos si vemos que Pedro ha caído en un error. El mismo Papa Francisco nos exhortaba a hacer exactamente esto y a criticarle en lugar de mentir al mundo católico o adularle. Tomemos sus palabras a pecho, pero hagámoslo humildemente y sólo por amor a Jesús y su Santa Iglesia, para  secar las lágrimas de Jesús y para glorificar a Dios in veritate.
Josef Seifert
El autor es un muy conocido filósofo austríaco, colaborador de Benedicto XVI y también de Juan Pablo II. Enseñó en las Universidades de Salzburgo y de Dallas. Estudió con Von Hildebrand, Spaemann, Gabriel Marcel. Fundador de la Academia Internacional de Filosofía. Nació en 1945
[1] 351 En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los
sacramentos. Por eso, « a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario
no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia
del Señor »: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre
2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la
Eucaristía « no es un premio para los perfectos sino un generoso
remedio y un alimento para los débiles » (ibíd, 47: 1039).
[2] Véase
[3] AL Nr. 306.
[4] Esta referencia a la fidelidad en Gaudium et Spes se refiere solamente al matrimonio y no, como en AL, a relaciones extramatrimoniales. No conozco ningún otro texto eclesiástico en el cual se habla de la fidelidad o infidelidad entre adúlteros.

jueves, 19 de mayo de 2016


SÍ SÍ NO NO

El Camino Neocatecumenal al descubierto


kiko

SÍ SÍ NO NO
Escrito por SÍ SÍ NO NO
El “fondo” secreto de las comunidades neocatecumenales
La opinión aproximada que, de oídas, tenía de estas comunidades era parcialmente favorable, considerando que se trataba de grupos benéficamente activos y voluntariosos, aunque un poco autónomos y un poco fijados en algunas originalidades litúrgicas. Pero el análisis exhaustivo que he podido realizar, por desgracia, me ha revelado un cuadro bien distinto y gravísimo. He podido estudiar atentamente un mamotreto de 400 páginas, que contiene las “orientaciones” para los catequistas, extraídas “de grabaciones de los encuentros con Kiko y Carmen para orientar a los catequistas de Madrid en febrero de 1972”. La historia, finalidad, doctrina y praxis del Camino se encuentran condensadas en este mamotreto de un modo más auténtico.
Todas las citas entre comillas las he copiado exactamente de este volumen, pero sin  indicar el número de página, por tratarse de afirmaciones reiteradas a menudo y por no tratarse de un  libro (dactilografiado y mimeografiado ) normalmente replicable.
Se trata, de hecho, de un texto reservado a los catequistas, que no se cede a ningún otro. He podido tenerlo y fotocopiarlo sólo mediante un estratagema. Ya aquí se vislumbra esta cualidad negativa de las comunidades: el secreto, el esoterismo. Se lee repetidamente: “no digáis nada de estas cosas”; “lo que os digo no es para que lo digáis a la gente, sino para que vosotros lo tengáis de fondo, como base”. Pero es justamente este fondo, esta base lo que resulta inadmisible. De ahí que los neocatecúmenos  y sus superiores eclesiásticos (a los cuales los catecumenales demuestran tanta obediencia), al no ser iluminados acerca de tal “fondo”, resultan engañados. Y se trata, como demostraré, de graves desviaciones doctrinales y prácticas.
Tonos carismáticos y métodos fanatizantes
En  el cuadro dolorosamente estático de ciertas parroquias los grupos catecumenales, con su actividad semanal (reuniones bíblicas, preparadas por algunos miembros, por turnos, y una larga reunión eucarística), con los intercambios de experiencias y el refuerzo comunitario de las reuniones de convivencia mensual, con el programático adiestramiento sobre soportar al prójimo y el desprendimiento de los bienes, con la confesa perspectiva de encontrarse sólo en camino de “conversión” para proseguir en el “pre-catecumenado” y en el “catecumenado” (camino de siete años- o veinte o más, en la actualidad), tales grupos, dicen, dan una buena impresión de empeño y fervor.
Pero, en realidad, ¿es fervor o fanatismo? ¿Es fruto de gracia o de plagio? Kiko sigue adelante: “No se trata, dice, de plagiar a nadie”, porque no os hacemos un lavado de cerebro a través de razonamientos”. En este caso tal “lavado” y el “plagio” derivan, justamente de la misma falta de razonamientos claros y de la fuerza del bombardeo de afirmaciones drásticas, sugestionantes, de tono carismático. Además de las obvias diferencias de contenido, es con tales métodos sugestionantes y con la radical imposición de una guía con fuerte autoridad, que ha sobrevenido en América el plagio de masas, movimientos pseudorreligiosos subyugadores y advenedizos movimientos pseudorreligiosos y sociales, hasta que  el último de Jim Jones (el “Templo del pueblo”)terminó con el trágico incidente en  la Guyana el 18 de noviembre de 1978. Se trata, sin duda, de situaciones muy dispares. Pero el método sugestivo es el mismo. He aquí Kiko: “El cristianismo tradicional de Bautismo…Primera Comunión…Misa dominical…no matar, no robar…no tenía nada de cristiano, era un asco,… éramos precristianos… sin haber recibido un nuevo Espíritu venido del Cielo… Ahora Dios nos ha convocado para iniciar un Catecumenado, hacia un renacer”, “aunque somos pocos, estamos colocando un mojón haciendo presente que el reino de Dios ha llegado a la tierra; para la“renovación del Concilio” se necesitaba el “redescubrir” el “Catecumenado·; “Abraham es la figura del Catecumenado”, “os hablo en nombre de la Iglesia, en nombre de los Obispos… los catequistas catecumenales tienen un carisma confirmado por los Obispos”; “son Juan el Bautista en medio de vosotros; -Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca”; “yo os estoy dando la vida, a través de la palabra de Dios depositada en mi… la explicación de la palabra la doy yo”; “como Moisés en el desierto somos vuestra ayuda”; “los Apóstoles han dado testimonio de que Jesús está resucitado y yo también doy testimonio… garantizándolo con mi vida”; “como Abraham caminó… vosotros debéis caminar, según la palabra se nos entregará el Espíritu Santo”; “seréis convocados en asamblea por el Espíritu Santo”….os hablará Dios”; “ninguna comunidad fundada por nosotros ha fracasado… os aseguro que aquí está Dios”.
La persistencia sugestionadora y fanática es continuamente reforzada por la radicalidad y exageración de las afirmaciones y por las referencias integristas y dogmáticas a la Biblia. Por ejemplo, la “participación” (sobrenatural) de la naturaleza divina se afirma como un hacerse “Dios mismo”; un “tener la naturaleza divina”; el “resurgir con Cristo”, equivale a tener “la misma sangre redentora que Jesucristo”,convertirnos nosotros también en “Espíritu vivificante”, con el deber de repetir y “manifestar a todas las generaciones aquello que sucedió una vez en el calvario, ‘dejándonos matar'”; al influjo deletéreo del pecado personal en la comunidad se lo considera destruir la comunidad, la Iglesia”; cuando en el pre-Catecumenado “se os invite a   vender los bienes, se deberán vender todos… porque si no, no podréis entrar al Reino ni al Catecumenado”; nuestro cristianismo, antes de nuestra conversión catecumenal, da “asco”, etc. Todo esto, además de alejar, acentúa el plagio y el fanatismo de quien se ha dejado atrapar, aún más por la perspectiva del largo camino formativo prometido (siete años).
Un grotesco desprecio de la Tradición
Pero aún más graves se evidencian las deficiencias y lo dañino de estas comunidades si de estas modalidades pasamos a los contenidos. No hay posición doctrinal ni práctica católica que no haya sido gravemente deformada. Todo presentado en una forma impresionantemente grotesca y no falta la confusión teológica y bíblica, junto al fingimiento ostentoso de redescubrimiento y de recuperación de las genuinas verdades cristianas sepultadas y olvidadas por siglos. Se sobreañaden a esto las perspectivas sugestionantes de compromiso elitista personal y sacrificio.
El “redescubrimiento” de los valores cristianos auténticos y primitivos se presenta en forma de garantía, carismática, de fe “existencialmente” vivida. Con un gran desprecio hacia los asuntos “filosóficos” de la Iglesia y de lo que denominan “legalismo” de la especulación “teológica”, organizada en varios tratados: “Han metido en una caja al Espíritu Santo, lo han embotellado y puesto en tratados que podíamos dominar, en los cuales teníamos todas las más puras joyas del conocimiento de Dios: de Dios uno y trino, de Dios creador, etc. y sin darse cuenta han empobrecido la visión de Dios”.Demuestran particular desprecio por “el inmovilismo casi total determinado por el Concilio de Trento”, que finalmente fue superado por el Vaticano II.
Al parecer toda estructura, norma, liturgia eclesiástica habría decaído, después de la paz de Constantino y la irrupción en la Iglesia de grandes masas, en un “legalismo” de puros ritos e imprecaciones de favores celestiales, típicos de una pobre “religiosidad natural”, perdiendo la auténtica vitalidad de fe de la “Iglesia primitiva”, que finalmente, después del Vaticano II, es “redescubierta” y recuperada, justamente mediante el Camino Neocatecumenal.
El hecho de que hoy “las naciones salgan de la Iglesia” constituye, desde este punto de vista, una ventaja, neutralizando el efecto de aquella irrupción en masa y haciéndonos retornar a la época preconstantiniana. “Así el cristianismo podrá brillar con toda su pureza y frescor. Así podremos retornar a la Iglesia primitiva”.
Un paréntesis de siglos y siglos de vida de la Iglesia eliminados, con el presuntuoso olvido, si no por otro motivo, de tantos Santos que la han hecho resplandecer.
Concepción luterana de salvación
No se trata, sin embargo, de comunidades de masas, sino de élite. Esto tiene, sobre todo, la intención de cerrarse en sí mismas. Para colmo dicen : “Nosotros no conquistamos a nadie, no predicamos un cristianismo proselitista”, sin embargo, es evidente que se esfuerzan por multiplicar en las parroquias sus comunidades (que no deben superar algunas decenas de miembros). Tienen el objetivo también de constituir el único modo verdadero para la “salvación del mundo”.
Aquí abordamos una perspectiva fundamental del Camino, estrechamente relacionada con una confusa e inadmisible noción de “salvación”, repetida en forma continua e inorgánica.
La salvación consistiría en el anuncio y en la aceptación, por fe, de la “buena noticia”, es decir del “acontecimiento” salvífico que es la resurrección de Jesús, cuya definitiva“victoria sobre la muerte” es signo por tanto del ya acaecido amoroso perdón de Dios. Los catecumenales comunican dicha “buena noticia” y manifiestan tal “signo”, con la aceptación del “acontecimiento” y la renovación personal de la “victoria sobre la muerte”. Sobrevendrá, como fue con Jesús, “pasando a través de la muerte”, es decir “haciéndonos matar” por “amor” pacientemente por los otros, respondiendo con la “no violencia” a su oposición, “crucificados por los que nos destruyen”. Con este testimonio los catecumenales salvan el mundo: “los catecúmenos son los custodios de la Palabra que es el esperma del Espíritu, son la presencia de Dios en el mundo, son la Iglesia: una comunidad de hermanosEste es un misterio impresionante: un grupo de hombres que están deificados y forman el Cuerpo de Jesucristo resucitado, el Hijo de Dios. Si esto se da en un lugar, allí se da la victoria sobre la muerte. Esto es un anuncio constante de la Buena Noticia que la Vida Eterna ya ha llegado, que el Reino de Dios está cerca. Y esto salva al mundo”.
Nos encontramos frente a afirmaciones altisonantes que, aunque con algún vestigio de verdad, se utilizan con la finalidad de sugestionar y plagiar, además de esconder su real arbitrariedad e incoherencia. Se hace rápidamente evidente que entre el calvario de Jesús y aquello que nos pueda hacer el prójimo existe una gran diferencia: que Jesús no ha vencido a la muerte sólo con el soportarla sino físicamente resucitando, y que la ejemplar solidaridad y altruismo de un grupo, que podría influir solamente en un círculo restringido, no es por cierto suficiente para la difusión universal de la fe y de la salvación.
Pero, aparte de esto, el gravísimo equívoco se relaciona con la noción fundamental de la salvación. Es verdad que, en el marco de tanta confusión teológica, se registran también, al respecto, algunas afirmaciones correctas, no obstante son contradichas por una innumerable cantidad de otras, que reducen las poquísimas que son exactas, vanos remiendos y artificiosas coartadas defensivas contra el temor de condena. Inútilmente, por ejemplo, se afirma, incidentalmente, que es necesario también “dar los signos de la fe”. “Nosotros no somos protestantes. La fe sin obras está muerta”. En primer lugar las “obras” no son pedidas sólo como “signo” sino en conformidad debida a la ley moral, según la voluntad divina. Luego, y principalmente, tales afirmaciones se disuelven entre las innumerables repeticiones de la concepción netamente luterana sobre el tema: ningún esfuerzo ascético, con la ayuda de la gracia: La salvación sólo mediante la fe:  “El hombre, separado de Dios, ha quedado radicalmente impotente para hacer el bien, esclavo del maligno”, “el hombre no se salva por medio de prácticas”; “como un cristiano a la San Luis- con su: «antes morir que pecar»- es fundamental estar en gracia de Dios, no perder está gracia, perseverar. La gracia es una cosa que no se sabe bien qué es, que se tiene dentro, con la cual es necesario morir… Pero luego he comprendido que vivir en gracia es vivir en la gratuidad de Dios que te está perdonando con su amor”; “Dios perdona nuestros pecados y su Espíritu Santo nos hace santos hijos de Dios. Y esto gratuitamente para aquel que cree que Jesús es el enviado del Padre como su Salvador”; “el cristianismo no es un llamado a la conciencia y a la honestidad… sino la invitación a acoger el anuncio del perdón gratuito de todos nuestros pecados”, “el cristianismo no es un moralismo. Jesucristo no es de hecho un ideal, un modelo de vida, no ha venido a darnos el ejemplo”; “los sacramentos no constituyen una ayuda a tal fin”; “el Espíritu vivificante no tiene nada que ver con  estimular el perfeccionismo, con las buenas obras, con la fidelidad a Cristo muerto”; “el cristianismo no exige nada de nadie, regala todo”.; al más pecador, al más vicioso se le regala una vida eterna”. “Dios es amor al enemigo…si hemos hecho cosas horribles; Dios nos ama, nos perdona…no se te exige nada”; la Palabra de salvación no pide como la ley “un esfuerzo más, un esfuerzo íntimo, que te empeñes al máximo”.
Negación de la Redención
Aún más grave, y en concordancia con la misma concepción luterana es la negación de toda  conexión ontológica, sobrenatural, meritoria entre la salvación y la inmolación de Jesús.
Colapsa la noción fundamental de redención, de rescate: un fundamento de la fe. Con su resurrección, después de su muerte, Jesús habría solamente notificado, a los hombres que lo han matado, su voluntad de perdón . Con total ignorancia se osa afirmar que “con la renovación teológica del Concilio no se ha hablado más del dogma de la Redención, sino del misterio de la Pascua de Jesús”, como si una cosa contradijera a la otra. Y con insistencia, resaltada incluso con una vulgar ironía afirman: “Las ideas sacrificiales han entrado en la Eucaristía por condescendencia, con el reclamo del momento histórico, con la mentalidad pagana”; “en el lugar del Dios justiciero de las religiones, que apenas te mueves te dan un bastonazo en la cabeza, descubrimos al Dios de Jesucristo”; “¿acaso Dios necesita la sangre de su Hijo para aplacarse? Pero ¿qué raza de Dios nos hemos hecho? Hemos llegado a pensar que Dios aplacaba su ira en el sacrificio de su Hijo a la manera de los paganos.”
Negación de la Confesión
Como he dicho, todas las verdades teológicas fundamentales se encuentran deformadas gravemente, y naturalmente también los sacramentos. Me limitaré a un relevo de estos, en particular sobre la Confesión y la Eucaristía.
La idea de fondo, en sí muy laudable, de volver a hacer las cosas en serio está continuamente envenenada por la incomprensión y el superficial y presuntuoso desprecio de todo aquello que se ha enseñado hasta hoy. He aquí un ejemplo de como es tratada, por Carmen, la clásica y profunda distinción entre atrición y contrición: “Se comenzó a dar valor a la contrición. Casi hace reir el pensar que sólo hace falta la atrición si vas a confesarte y la contrición si no te confiesas”. Es de una ignorancia que da risa.
Para la confesión no falta la afirmación, de fachada de obediencia eclesial:“Mantenemos la confesión individual porque se debe conservar y además porque tiene su valor”. Probablemente habrá sido para ponerse a resguardo de cualquier reclamo explícito de la autoridad. Pero es una praxis evidentemente tolerada. Y está en antítesis, de todos modos, con toda la enseñanza del contexto.
La noción de pecado, como violación de la ley moral y rebelión contra la voluntad divina es refutada, por ser “una concepción legalista del pecado, como la transgresión de una serie de preceptos”. Se hace mofa del presunto automatismo de las“expiaciones” asignadas (penitencia) para el “perdón”, olvidando su justo aspecto de reparación (que exige, por cierto, el anterior arrepentimiento, absolutamente esencial). El arrepentimiento pierde su valor: “La conversión no es arrepentirse del pasado, sino ponerse en camino hacia el futuro”. (Como si la conversión pudiera mirar al futuro sin reprobar el pasado y sin tener dolor por la ofensa a Dios, jamás nombrada en esta catequesis. La conversión sin arrepentimiento del pasado está ligada a la ya vista afirmación del perdón gratuito de Dios, sin “esfuerzo”personal, con la sola obligación de reconocernos pecadores y aceptar tal perdón). Si bien en las celebraciones penitenciales se admiten las confesiones particulares con la escucha rápida y las absoluciones de los presbíteros, tales absoluciones son en sí repetidamente empobrecidas y también criticadas, unánimemente en el Tridentino que las ha prescrito, porque dan a la confesión un carácter “mágico” (demostrando así su total incomprensión del ex opere operato de los sacramentos). En base a unos pocos autores unilaterales, seguidos a pie y juntillas, se expone una especie de historia de la confesión, sin referirse en absoluto a la precisa narración evangélica de su institución.
Queda descartada la maduración teológica sancionada por el Tridentino, la norma de la confesión provendría de la confusamente supuesta praxis de la Iglesia primitiva. He aquí lo que se afirmó en una celebración penitencial del Camino Neocatecumenal: “Lo que os hemos anunciado del amor de Dios y del perdón de los pecados, ahora se realizará, porque Dios nos da el poder no sólo de anunciar el perdón, sino de comunicarlo a través de un signo”, “en la Iglesia primitiva el perdón no se daba con la absolución, sino con la reconciliación con toda la comunidad, mediante el signo de la readmisión en la asamblea, en un acto litúrgico”, “el valor del rito no está en la absolución, porque en Jesucristo ya estamos perdonados”, “es la comunidad eclesial, allí presente, signo de Jesucristo para los hombres, que perdona concretamente”.Estamos en la linea de la negación protestante del verdadero sacramento.
Grotescas deformaciones
Con todo ni siquiera han comprendido mínimamente la verdadera naturaleza del sacramento católico, como resulta de esta grotesca exposición citada a continuación:“Así hemos vivido nosotros la confesión, y de allí el por qué esta práctica está en crisis hoy. El perdón pasa a un segundo plano, pero permanece como esencial el simple confesar los pecados y recibir la absolución. La confesión se transforma en algo mágico. Se tiene una visión legalista del pecado, por la cual no importa tanto la actitud interior como el confesar externamente y detalladamente todos los pecados de todo tipo. Se trata de una visión individualista, completamente privada, en la cual la Iglesia no aparece por ninguna parte y es un hombre el que te perdona los pecados.”
Demuestran una total falta de comprensión de la confesión tridentina y un impresionante ensayo sobre la ignorancia teológica del Camino Neocatecumenal. En el sacramento católico de la Confesión, es tan prioritario el perdón que se lo reasegura en la absolución; es tan poco mágica (es decir que no recurre a falsos poderes) que depende del divino poder de Jesús; tan poco indiferente de valores interiores que el arrepentimiento interno no condiciona su validez; depende tan poco de un simple hombre que obra in persona Christi y por mandato de la Iglesia. Lutero también hizo lo mismo para atacar las verdades católicas: las deformó.
Negación del Sacrificio Eucarístico
Cuando tuve las primeras noticias sobre reuniones catecumenales, pensé que aquellas originalidades  rituales constituían sólo libertades litúrgicas, en parte tolerables y en parte corregibles. Nunca hubiera imaginado que tuvieran una base tan gravemente heterodoxa. Ahora comprendo por qué tanta resistencia a los reclamos de conformar sus ritos a las normas litúrgicas prescriptas. Tales actitudes de autonomía y disconformidad con respecto a las prácticas y normas comunes, tienen una conexión doctrinal y psicológica, a oposiciones de fondo. Se pretende que se adhiera a“descubrir” la verdadera Eucaristía, ya que hemos “malinterpretado y empobrecidotodo”.
La Eucaristía no sería otra cosa que “el memorial de la Pascua de Jesús, es decir de su paso de la muerte a la vida, del mundo al Padre, en cuyo acontecimiento exultante nosotros experimentamos la resurrección de la muerte”, es decir “nuestro proclamado perdón y nuestra salvación”, es “el carro de fuego que viene a transportarnos a la gloria.” La esencia de la Misa, como sacrificio, es decididamente negada, al modo luterano: “Las ideas sacrificiales han entrado en la Eucaristía por condescendencia con la mentalidad pagana”: “la masa de gente pagana [que irrumpe después de Constantino] veía la liturgia cristiana con sus ojos religiosos, de cara a la idea del sacrificio”; en el edificio que Dios construyó, las ideas sacrificiales, que había tenido Israel y que ya el mismo Israel había superado en su liturgia pascual, eran los cimientos: ahora que se ha construido el edificio  ¡se ha retornado a tales cimientos, es decir a las ideas sacrificiales y sacerdotales del paganismo”; “ las discusiones medievales sobre el sacrificio introducían cosas que no existían en la Eucaristía primitiva, no había en ella ningún sacrificio cruento, es decir alguien que se sacrifica, Cristo, el sacrificio de la cruz, el Calvario, sino sólo un sacrificio de alabanza, para unirse a la Pascua del Señor, es decir a su pasaje de la muerte (en la especie del pan) a la resurrección (cáliz)”.
Con estas últimas afirmaciones, al excluir del altar el sacrificio cruento, se excluye también el sacrificio incruento de Jesús sacramentalmente presente, y por ende se excluye la realidad sacrificial de la Misa.
Esta exclusión , por otra parte, es totalmente coherente con la exclusión ya vista de la inmolación cruenta y salvífica de Jesús por nuestra proclamada salvación. Al excluir los méritos redentores del Calvario, no tendría sentido, para los catecumenales, su aplicación mediante el Calvario místico del altar. Y es también penosamente coherente la hostilidad que demuestran a las muchas repeticiones de la Misa, ignorando (igual que Lutero) el fruto impetratorio.
También hay una total oposición a toda la parte del ofertorio. Si es Dios quien hace todo, quien da el gran anuncio de la salvación, quien “pasa como un carro de fuego que arrastra a toda la humanidad”,¿para qué las ofrendas? Ofrecer las cosas a Dios para hacerlo propicio: ¡qué lejos estamos de la Pascua!”; “es la idea pagana de llevar ofrendas para aplacar a Dios” “Se añade a la enormidad de decir: – ¡Con la hostia pura, santa e inmaculada te ofreces tú, tu trabajo y el día que comienza!; en la Eucaristía no ofreces nada: es Dios absolutamente presente quien da lo más grande: la victoria de Jesucristo sobre la muerte”; “procesiones, basílicas grandiosas…ofertorios… llenan la liturgia de ideas ligadas a una mentalidad pagana”. Son todas afirmaciones penosamente coherentes con la negación de que Jesús se inmole y ofrezca sacramentalmente: (no es concebible ninguna otra ofrenda más que participar de la suya).
Queda eliminado así todo movimiento ascendente a Dios y todo íntimo coloquio con Jesús Sacramentado, como si esto no fuese otra cosa que un abajamiento “estático” de la Eucaristía, no debería ser otra cosa que una “exultación” por el “descendimiento” de la intervención divina y más aún la proclamación de la victoria ya obtenida: “Hemos transformado la Eucaristía que era un canto a Cristo resucitado en el divino prisionero del Tabernáculo”; hemos hablado como en las “primeras Comuniones” de un “niño Jesús que nos ponemos en el pecho cuando queremos… sin embargo la Eucaristía estodo lo contrario… es Dios que pasa y arrastra a la humanidad”.
Negación de la Presencia Real
Aquí ya se delinea un oscurecimiento de la verdad fundamental de la presencia real, que de ser admitida debería expresarse en lo precioso del Tabernáculo y de la presencia del que se comunica y del íntimo coloquio. Pero mucho más grave y directamente aparece tal oscurecimiento en otras afirmaciones; oscurecimiento que se refleja obviamente y sobre el hecho de la consagración y sobre la naturaleza y el valor  de los poderes sacerdotales: “El sacramento es el pan, el vino y la asamblea; de la asamblea surge la Eucaristía”. Estas palabras se adecuan a un rito puramente conmemorativo, pero no al sacramento eucarístico y al ejercicio de los poderes sacerdotales. Y, con presuntuosa ostentación de superioridad sobre toda la teología y la praxis católica, expresan con   ironía: “La Iglesia Católica se ha obsesionado con la presencia real, tanto que, para ella, todo es presencia real” (falso: no la considera todo sino fundamento de todo); “las discusiones teológicas obsesivas sobre el hecho de que Cristo está presente en el pan y en el vino dan risa”;  “en cierto momento fue necesario pero no hace falta insistir más” (con el actual desorden teológico y litúrgico es, sin embargo, más necesario que antes): “eran inútiles las tentativas filosóficas de explicar cómo está presente, con o sin ojos, físicamente, etc. o a través de la transfinalización holandesa… se ha pretendido explicar el misterio con la transustanciación” ( no “explicarlo” sino precisarlo esencialmente, determinarlo, como ha hecho, con gran esfuerzo, el Tridentino y todo el Magisterio sucesivo, despreciado por los catecumenales; el descuido acerca de la presencia “física”,  igual que con la antitética transfinalización holandesa, devela, por lo menos, la incomprensión sobre la verdadera presencia). Excluido todo aspecto de sacrificio todo se reduce a un “banquete” de exultación (concepción, esta sí obsesiva, de los catecumenales, expresada hasta en el recibir la Comunión sentados y en considerar “inconcebible el no comulgar de todos, porque a  la cena pascual se va justamente a comer”), “todo valor de adoración y contemplación ajenos a la celebración del banquete quedan eliminados”; “el pan y el vino no se hicieron para ser expuestos, porque se descomponen [!]”; la preocupación  por las “partículas”, características de quien cree en la presencia real, se ridiculiza: “no es cuestión de migas, sino del sacramento de la asamblea”; “Tabernáculo, Corpus Christi, exposiciones solemnes, procesiones, adoraciones, genuflexiones, elevaciones, visitas al santísimo, todas las devociones eucarísticas, ir a Misa para tomar la Comunión y llevarse a Jesús en el corazón, la acción de gracias después de la Comunión, Misas privadas…minimizan la Eucaristía… están muy lejos del sentido de la Pascua”.
Otras continuas afirmaciones intentan menospreciar el problema de la presencia, que constituye sin embargo, el fundamento de todo el resto: “Lo importante no está en la presencia de Jesucristo en la Eucaristía… sino en su fin, en la Eucaristía como misterio de Pascua”. Y se multiplican afirmaciones sin fundamento: “Como Dios estaba presente en la Pascua, es decir en la liberación de Egipto, así Jesús está presente con su espíritu, resucitado de la muerte” (¿una presencia de acción, no de una persona?; “ en lugar de plantear el problema de la presencia de Cristo en la Eucaristía, pensad que Cristo es una realidad viviente que hace Pascua y arrastra a la Iglesia”; “la presencia de Cristo es otra cosa. Es el carro de fuego que viene a transportarnos a la gloria, a hacernos pasar de la muerte a la resurrección”.
Negación de la Resurrección
Desafortunadamente esta misma inconsistencia, justo sobre los puntos que exigirían la máxima determinación, aparece también respecto de la resurrección de Jesús: “El memorial que nos deja es su espíritu resucitado de la muerte”; “¿cómo han visto los apóstoles a Cristo resucitado? ¿Como un fantasma? No, lo han visto en sí mismos…constituido Espíritu vivificante”. Esta última expresión se repite a menudo. Es cierto que Jesús ha mandado su Espíritu, pero la resurrección concierne también al cuerpo real de Cristo.
Superficialidad, presunción y astucia.
La inconsistencia está en armonía con la gran confusión teológica y escriturística y con la superficialidad, junto con la presunción de agudeza y de profundización crítica, sin hablar de la presunción carismática. Como ya he dicho, no existe verdad teológica o bíblica que no esté deformada, y para peor estos catequistas laicos que carecen de una sólida formación teológica y bíblica de base, dependen de pocos textos, elegidos entre los menos seguros y los más atrevidos (por ejemplo, la revista Concilium). Esta evanescencia y confusión se encuadra después en la doctrina catecumenal fundamental, vista al inicio, del anuncio pascual de salvación, presentado con poca claridad, sin precisión alguna, e inconsistente en cuanto al dogma de la redención.
El método, simplista y astuto, de estos maestros improvisados y sin preparación, para eludir toda investigación seria y discusión teológica, consiste en desvalorizarla en su punto de partida y sustituirla con afirmaciones categóricas. El método para evitar condenas y fracturas con los superiores es la recomendación del secreto, la inexactitud de ciertas expresiones (cortinas de humo) y las afirmaciones en conformidad con el Magisterio insertadas por aquí y por allá, que empañan la visión, siendo continuamente contradichas en el contexto.
Conclusión
En conclusión, nos encontramos frente a un penoso y dañosísimo lavado de cerebro, de tipo fanatizante, en el plano doctrinal, práctico, litúrgico, sobre grupos de fieles, algunos animados, probablemente, de óptimas intenciones, pero engañados y desviados de la justa vía de la ascética segura, del ejemplo de los Santos y, sobre todo, de la ortodoxia.
Estos grupos suscitan la admiración de gente simple, en contraste con ciertos ambientes tan mediocres y apáticos, porque se presentan voluntariosos y aplicados. Parecen ofrecer lo auténtico, lo diferente, lo mejor, en comparación con tanta tibieza. Pero esta novedad desafortunadamente tiene la intención de rechazar la maduración doctrinal y práctica de la Iglesia desde Constantino en adelante (interpretada de manera inexacta), con aversión a las “estructuras” eclesiásticas, autonomía laica con respecto al Clero y a la Jerarquía (en las reuniones la presidencia dada al párroco es ficticia: la guía efectiva es la de los catequistas, aún en las reuniones bíblicas).
Las interpretaciones integristas y que no resisten una crítica de la Escritura, como lo de vender todos los bienes, la absoluta pasividad no violenta, la misma disposición a morir por los otros, pueden dar la impresión de un fervor grande y admirable. Aún cuando esto se pueda equilibrar y ser verdad en algunos sujetos, en su totalidad refleja un proceso de fanatización y una construcción engañosa y precaria, con el gran daño de la desviación doctrinal y disciplinaria. También Valdo (salvando las distancias) se lanzó y lanzó a sus catequistas, partiendo del total “vende todo lo que tienes”, suscitando fervorosos seguidores y terminando en la rebelión y la herejía.
La frecuente referencia que los neocatecumenales hacen al Vaticano II –casi podría ser posible interpretarlo como un quiebre con la Tradición y en particular con el Tridentino-, es desleal y  absolutamente falsa, pues fue un concilio simplemente pastoral. Es la mentira difundida hoy por todos los modernistas. Los neoatecumenales  adhieren y  se acogen al Vaticano II, como si su linea se identificase con la neocatecumenal y sólo con ella.
He aquí un ejemplo de esta desleal identificación y de las clamorosas perspectivas fanatizantes: “Os aseguro que la renovación del Concilio Vaticano II según el itinerario neocatecumenal llevará a la Iglesia a una gloria indescriptible y llenará de estupor y admiración a los orientales y a los protestantes, por ser un Concilio ecuménico”.
Puede esto  servirnos de síntesis conclusiva.
Un autor
[Traducción de Romina R.]
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